EN DEFENSA DEL CANELO


Por Alfonso Esquivel Campos

Dicen los que siguen puntualmente la trayectoria boxística de Saúl “El Canelo” Álvarez, que entrena todos los días como si la siguiente pelea de campeonato fuese la primera.

Derivado de sus últimas peleas de campeonato, se ha generado la premisa de que el campeón mexicano sube al ring con la confianza de quien ya conoce previamente el resultado del combate. Por decirlo de una manera amable. Algunos otros, más indignados, afirman que el atleta mexicano negocia sus combates con base en la fuerza de su experiencia, pero, sobre todo, de su economía. Me parece sensato, a estas alturas, y ya casi al final de su larga carrera boxística, hacer una breve reflexión acerca de este debate que ha generado su supuesto desaseo con respecto a la “ética” que exige una pelea “limpia” en el difícil deporte de las “orejas de coliflor”.

El boxeo actual es un deporte que transicionó de la brutalidad de peleas sin control de pesos y de números de “rounds” (el luchador ganaba cuando su contrario caía desmayado o muerto), a un deporte regido por leyes, reglamentos y comisiones que se encargan de cuidar la salud y todo aspecto derivado de un producto que requiere de la competencia para convocar a un público cada vez más amplio.

En las últimas décadas, el boxeo, como cualquier otro deporte ha sido determinado de manera mediática por los “mass media”. Es decir, se ha visto potencializada su difusión por el marketing comercial. Y con esto, la irrupción de la fantasía, convierte a los luchadores en hombres super poderosos, y hasta en héroes. El boxeador, transiciona a actor: “interpreta el papel de campeón, cobra como estrella de cine y da el show más predecible de la cartelera”. Si los actores se “arreglaron” de forma clara, la gente puede quedar convencida de que lo que vieron todavía es boxeo.

El box, en mi humilde opinión no experta, en un alto porcentaje que logramos ver, cada vez es más parecido a la lucha libre; en la cual, los luchadores del pancracio suben al ring con acuerdos previos, el público lo sabe, disfruta del show y nadie se llama a “engaño”. Yo diría que muchas peleas de campeonato se encuentran ya dentro de esta lógica más “humanizada”, que, a diferencia de un reto real, implica, antes que todo, la salud de los contendientes.

Yo le diría a los indignados de esta forma deportiva, tienen razón en su severa crítica, pero, aludiendo al clásico: ¿por qué ven las peleas del “Canelo” si ya saben cómo es?

Gusto del box, desde niño, recuerdo con nitidez grandes peleas de muchos grandes boxeadores que el mundo de este deporte ha arrojado al ring, ¿quién no recuerda al “Ratón” Macías, al “Púas” Rubén Olivares, al “Mantequilla” Nápoles, a Julio Cesar Chávez, al “Finito” López, a Juan Manuel Márquez; o los grandes pesos pesados, Muhammad Ali, Sonny Liston, George Foreman, Joe Frazier, o al controvertido Mike Tyson, por mencionar algunos celebres boxeadores, muchos de ellos en el Salón de la Fama.

Practiqué boxeo varios años. Nunca lo usé, afortunadamente. Es un gran deporte basado en el arte de la defensa y el ataque controlado.

Volvamos al “Canelo”. He visto todas las peleas de “El Canelo”; algunas convincentemente verdaderas. Aún, en el supuesto de que sus peleas estén arregladas, su preparación física atlética, es innegable.

“El Canelo” aprendió, del difícil negocio del boxeo. Se asoció con otro campeón y fundó una empresa promotora de boxeo: creó su propia empresa para manejar la ya famosa marca “CANELO”. Digamos que encontró “un nicho azul” en el difícil mundo del box. Como empresario desarrolló una marca (su propio nombre), creó su propio marketing he hizo su propio negocio. Si ustedes quieren verlo de otra manera, “El Canelo” es un explotador de “El Canelo”, démosle ese crédito.

En ese sentido, es un magnifico empresario de sí mismo. Convirtió sus peleas en un show mediático con millones de seguidores en todo el mundo. Un gran negocio, cuya derrama económica le interesó hasta a los árabes (de los cuales se dice que tienen todo el dinero del mundo).

“El Canelo”, y esto es debatible, (no soy un profeta orando en el desierto) si se quiere ver así, redimensionó una actividad humana, cuya mejor tradición, está representada en dejar fuera de combate a otro ser humano, como resultado de uno o muchos golpes demoledores. “El Canelo”, extrapoló, lo que en la lucha libre (no exenta de graves accidentes) es hoy en día, su impronta: un show mediático del cuál gustan hasta las abuelas y sus nietos.

“Canelo” es un gran atleta, un buen boxeador, que se inició y creció dentro de la tradición boxística de romperse la cara en el ring; sin embargo, hoy en día goza de las mieles de la fama y, de su alcurnia empresarial; sus nuevos retos son la creación de fondos, fideicomisos, fundaciones, para poder ejercer, legalmente, tantos millones de dólares y evitar que (como a muchos) al final, lo acabe “noqueando” la Secretaría de Hacienda.

La brutalidad en el deporte, hoy día, transita por otros espacios de lucha, formas nacientes, de combates que luchan por ganarse un estatus en el gusto del público.

Los mexicanos, quizá, por una propensión histórica al drama y a la tragedia, fomentados por el cine y la televisión, todavía exigen al boxeo su dosis de sangre para considerarlo real y verdadero.

No hagamos corajes, y admitamos con cordura que la hazaña de este paisano de Nuevo León, Saul “El Canelo” Álvarez, es una historia de éxito por donde quieran verla.  Esperemos que su historia tenga un final feliz. Se lo merece.

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